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PUNTAPUNTA ESPÍRITU GS MARRUECOS 2017 PARTE 2

Marruecos on the rocks.

 

DE MIDELT ENTRE GRAVA Y CAUCES HASTA BOUMALNE (DADES).

Otra maravillosa mañana en este viaje a los largo de Marruecos, ayer hubo tormenta en la zona del Atlas en la que estamos rozando y nos adentraremos hoy, según me dijo anoche Javier después del “brifing” nocturno.

Salimos del hotel en dispersos grupos de motos, Javier para en la gasolinera cercana y repostamos, me dice que hoy debemos alargar los respostajes que están lejos al principio, todos casi al final de la etapa, así que hay que procurar consumir poco. Esto es lo que estamos haciendo desde que vinimos, rondamos los trescientos kilómetros con tres cuartos de deposito. Nos metemos en faena y casi sin darnos cuenta estamos rodando por pistas de grava, de vez en cuando un cauce y algunos pasos en los pueblos, en uno de ellos topamos con barro y vamos al suelo, pero sin consecuencias, Miguel y el grupo que forman varios “riders” nos ayudan junto con un paisano a levantarme y cruzar el charco de barro, Javier está bien. A lo largo del día de hoy nos iremos adelantando en una persecución tranquila, salteada de motivos para hacer fotos. El paisaje, aunque montañoso, sigue aún con arboleda y tierras rojas destacan sobre el ocre horizonte.

Llegamos a un punto de control, Javier sella el pasaporte, el otro claro, mientras bromea con Nomah, otro de los integrantes del STAFF, que está por allí haciendo fotos y vídeos.

 

 

 

Vamos subiendo por las estribaciones del Atlas, cada vez adentrándonos mas y más en su interior, las ciudades se han convertido en pequeñas aldeas y kábilas, de casas de adobe, huertos y plantaciones de manzanos salteadas en los valles fértiles, mientras los cerros van perdiendo su cobertura verde. Las plantas son crasas, cardos y chumberas bordean los huertos. Es curioso que en este país no hemos visto aún cercados para el ganado o simplemente marcando las tierras o propiedades. Las separaciones en los huertos son de cañas o arbustos, todo parece de todos y emana una sensación de tranquilidad, como si el tiempo se hubiera detenido.

Seguimos ascendiendo, el terreno es cada vez más abrupto, formando colinas de vertientes dibujadas contra el monte. Siguen las laderas moteadas de arboleda y arbustos, la tierra tiene un color rojo y se suceden valles profundos, como heridas en una tierra surcada por el arado geológico del agua y el viento. Las gentes son cada vez mas autóctonas, mas pegadas a la tierra en la que viven, llama la atención los colores vivos de sus chilabas y los chiquillos miran con ojos recelosos, buscando entrever algo a través de nuestros cascos. Se siente una extraña tranquilidad, parece que la vida es aquello que realmente pasa entre las manos de estos pueblos, mi electrónica está como al relentí, parecemos parados en el tiempo, suspiro casi sin darme cuenta y mi corazón parece un susurro entre las casas de barro y las calles de arcilla roja, no quisiera perturbar la paz que nos envuelve. Javier lleva mucho rato en silencio, no me dice nada, pero se que está sintiendo esta tranquilidad, apenas levita sobre mi asiento y pasea su mirada entre casas y gentes, no aprieta sus muslos contra mi, ahora estamos mas unidos, somos uno, casi a punta de gas, enlazamos curvas, cauces, valles y pendientes, es un oasis perdido en la noche de los tiempos. Le molesta el píe de la caída, aún hace algún extraño al cambiar de marcha, pero le noto mejor, incluso de ánimo. Creo que para ambos este viaje esta siendo una vuelta al interior que alguna vez hemos llegado a perder, por mi parte soy consciente de que todo está en su sitio y que los dispositivos que me hacen ser lo que soy, están alerta, pero también los siento remotos, como distantes, creo que entiendo lo del espíritu GS. Hemos llegado a un punto en que no cae falta que Javier me diga nada, se lo que está pensando, he conseguido deducirlo de su posición, calor, etc.

Estamos llegando a un punto importante, veo que Javier esta buscando algo en la carretera ascendente por la que vamos, en un recodo, un bar y en él muchas motos, entramos y detenemos la marcha. Los amigos del STAFF están aquí, ayudando, dando consejos, haciéndonos la vida más fácil, tanto a nosotras como a los “riders”. Es un orgullo pertenecer a esta tribu de gente variopinta, singular, pero con la meta común de disfrutar en moto, de la moto o con las motos, ¡todo vale!.

 

Cafe Moussem

 

Javier entra en el establecimiento, pero sale pronto y se dirige hacia la carretera, allí pasa algunos minutos y vuelve a mi lado:

– Blanquita, David esta mañana dobló las barras de la amortiguación delantera de la moto, las horquillas, pero se las han enderezado y las están poniendo otra vez, es increíble lo que acaban de hacer Toni y Jhonny, parecía el “Dakar”. La verdad es que si me lo cuentan seria difícil de creer. Voy a terminarme el té y seguimos la marcha, no tengo mucha hambre hoy y la verdad es que vamos bien, los últimos como siempre, pero a buen ritmo.

 

Reparando

 

Al poco, vuelve y comienza a colocarse la chaqueta, los guantes, el casco, lentamente sube a mis lomos y suelta una exclamación…

– Que confort, que a gusto me siento ahora, Blanquita.

Partimos, con otros grupos de motos y seguimos ascendiendo, los parajes se vuelven inhóspitos, desaparecen los macizos de arbustos para dar paso a plantas bajas, espolvoreadas en las laderas, como temiendo a caerse si crecieran más, son de color ocre y parecen ser gustosas para los rebaños de ovejas y cabras que vamos cruzándonos por el camino.

La enormidad y majestuosidad de los riscos que nos cercan no se pueden describir, son como fortalezas destruidas por la guerra constante de la intemperie, paredes que ascienden en vertical, para terminar en llanos y explanadas cinceladas por los vientos.

Pasan kilómetros y no parece que lleguemos a las alturas que tanto tiempo llevamos persiguiendo, cada vez que pasamos una montaña, se divisa otra mas alta… si seguimos así tocaremos la luna esta noche, de pronto y como por encanto, una enorme hendidura en el macizo de montañas que atravesamos. Es un corte profundo, surcado por torrentías y gargantas de pronunciadas paredes que han formado un fértil valle en su fondo, descansando en el fondo del valle, un hilo de plata se refleja en mis faros, como una herida sangrante de esta magnifica tierra que nos sobrecoge. El desértico paraje de piedras, rojizas, de múltiples tamaños y formas, me hace recordar el porqué del titulo de este escrito. Siento como el aire caliente asciende formando una brisa calida que rompe el silencio de la hermosa herida de este cañón. En su borde, las pequeñas siluetas de varias hermanas y primas aparcadas en la carretera, con los “riders” asomándose al vacío de los tajos y tomando fotos, formamos una estampa curiosa, somos en la distancia un grano de la arena que nos rodea si embargo nos sentimos elegidos al poder contemplar este maravilloso paisaje que formará parte de todos nosotros para siempre.

Proseguimos camino, descendiendo en una sinuosa carretera, de pendiente muy pronunciada, para ir poco a poco alcanzando el valioso hilo de plata que forma el valle, llenos de palmeras, manzanos y granados. Grandes cantos rodados entorpecen el avance del agua en su cauce, que hace que está se divida, se retuerza como un sarmiento viviente enroscado a las enormes rocas que algún glaciar despistado y las lluvias ocasionalmente fuertes han ido deslizando laderas abajo.

Acometemos el valle y con paso sinuoso vamos sorteando la carretera, que se transforma del asfalto a la grava según avanzan también las obras que la acondicionan. Fuertes paredes de sedimentos rojizos nos flanquean a uno y otro lado, el valle es ancho y las aldeas se estiran a su largo, como buscando la fuente de vida que supone el agua. Detrás nuestro viajan Laura y Javier, en un vehículo de apoyo.

Javier estira el cuello en cada curva, para intentar ver mas allá de los limites de los verticales taludes de la carretera, luego cierra la trayectoria para evitar toparse de frente con algún despistado, algún soñador que vaya admirando el paisaje o algún paisano con su carga de leña, forraje o dátiles. En las casas, se ven pequeñas planicies llenas de los frutos de las palmeras, marrones o amarillos, están a secar debajo de chamizos de paja o caña.

Las paredes del valle se acercan cada vez más, hasta que mis faros bizquean contra una hendidura perfecta, dos paredes verticales separadas por algunos metros parecen cerrarnos el camino. Javier se detiene detrás de Carlos y Silvia y admira estupefacto el enorme tajo en cuyo fondo nos encontramos, se baja y saca de su pernera la cámara de fotos.

 

Rio

 

Otros “riders” van parando detrás, no eramos los últimos esta vez. Hablan y admiran lo que tenemos delante, gracias a la naturaleza salvaje nuestros cuerpos se regalan con estos paisajes únicos.

– Esto es maravilloso, Blanquita desearía que los niños y Merche vieran esto, seguro que les gustaría. Vamos a continuar bajando el rio Todgha, para nosotros el rio Toudrá, que forma esta garganta de Gorges Toudrá tan espectacular.

 

Paramos para disfrutar de las vistas

 

La garganta parece un túnel excavado en roca y sedimentos, los lugareños venden rocas, fósiles y recuerdos, la zona esta repleta de turistas, algo que contrasta con la soledad que hemos traído por el camino, vamos llaneando entre las verticales paredes que nos abordan y que poco a poco se empiezan a separar, atravesamos pequeñas aldeas y surgen muchos bares y teterías, también se ven albergues y alojamientos, definitivamente estamos en una zona turística.

 

 

Llevados por el entusiasmo del espectáculo que acabamos de vivir, vamos sin darnos cuenta entrando en un valle mas ancho, mas fértil y sin advertencia alguna el valle se convierte en un oasis de palmeras, cientos de miles de palmeras rodean el hilo de agua del rio, que se adivina bajo el penetrante follaje y la opulencia de sus semillas, los dátiles resaltan entre le verde brillante de las hojas de las palmeras, a ambos lados de la alfombra verde, se divisan casas de adobe, cada mirada se convierte en una postal y de cada postal se podrían sacar otras muchas. La vista no alcanza a ver el principio ni el final de esta enorme lengua vegetal. Nos detenemos al borde de la carretera y Javier, saca la cámara de fotos y bebe agua, debe estar como yo, estoy tan emocionada que apenas detecto mis extremidades…

Pasa alguna que otra compañera de fatigas con su carga bien acogida en su sillín, todos parecen estar sin habla. Ni ellas ni ellos dicen nada, solo observan la maravilla en la que nos hemos metido.

– Hemos atravesado el Atlas en su parte más oriental, ya falta poco para llegar a nuestro destino, pero el día de hoy ha sido un regalo, no olvidare estas gargantas, valles y macizos que hemos atravesado. Gracias Blanquita por regalarme un viaje único. Me gustaría poder contarlo a la familia, pero… no hay palabras para explicar lo que siento ahora.

Mientras Javier vuelve otra vez a la liturgia de vestirse para navegar a mis lomos, noto como unas lágrimas aparecen en las ventanas de sus ojos, se humedecen y brillan como dos faros en la niebla, mientras perdidos apuntan al horizonte del verde follaje que debemos abandonar. Una última mirada y vuelta al camino.

 

Palmeral

 

Entramos en otro tipo de tierras, llenas también de piedras y mas piedras, son ocres y grandes llanuras salpicadas aquí o allá de enhiestas montañas aisladas. El verde da paso a los ocres y la vida empieza a parecer escasa. La carretera es buena y nos deslizamos a buen ritmo por enormes llanos entrecortados de cuando en cuando por curvas misteriosas que zigzaguean entre cerros de alturas truncadas, tras las cuales vuelven a aparecer los enormes llanos, mudos, solo salpicados por hilos de vegetación apegada a los cauces angostos del desierto que nos empieza a cercar.

Aparecen acacias de agudas púas, salpicadas entre olivos y cañas. Rebaños de cabras se desplazan entre las verdes franjas de arboleda, sin querer salir al desierto que las rodea, las cerca, las delimita, puede que su cercado no sea necesario, por su bien saben donde mantenerse. Nos acercamos al fin del viaje de hoy, ha sido toda una aventura, pero Javier esta ahora más cómodo, casi flota en el sillín, no siento mas que una caricia de sus manos y de pronto me palmea el deposito y dice con voz entrecortada por el viento que generamos:

– Esto de hoy ha sido un viaje, mas que una salida en moto de un día, parece que hemos pasado varios días en ruta. Hoy te has portado, vamos a repostar que hace falta para mañana y después el descanso, que lo tenemos merecido para ambos.
Sin complicaciones llegamos a nuestro destino, Javier saca los bolsos de las maletas, y se prepara para marchase, pero antes una mirada a la tornillería, las manetas, los espejos, los frenos, todo está en su sitio, pero empieza a ser una costumbre de este viaje, comprobar que estoy bien al final de cada día, algo que me lleva de orgullo.

 

DE BOUMALNE PUERTA DEL DESIERTO A SU OMBLIGO, CAMPAMENTO BMW MERZOUGA (MERDANI).

Clareando la mañana, viene Javier y coloca una bolsa dentro de la maleta, con la cámara en la mano, abandona el recinto y sale a la llanura desértica que nos rodea.

– He hecho unas fotos de este amanecer, Blanquita, la verdadera foto estará en nuestros cerebros toda la vida. Voy a desayunar, una mala costumbre de los hombres, y vuelvo para acometer el día de hoy.
Se aleja en el silencio del amanecer prometido por las primeras luces del alba y quedamos en silencio todas las primas y hermanas en el recinto, bañadas por la luz naranja del día que nos espera.

 

 

Comenzamos el día a lomos de largas y onduladas llanuras, salpicadas de rebaños. Los hilos de vida de color verde son escasos, cercanos a las aldeas… bueno, estas se han desarrollado al lado de aquellos. Piedras y llanos, la eterna compañía del silencio, solo perturbado por las miles de explosiones de mi musculoso corazón de metal, con bocanadas de aire cálido, limpio, seco. Nos llaman la atención la configuración de los riscos lejanos, vamos dirección este, paralelos al macizo de las enormes montañas del Atlas que surcamos ayer.

En las aldeas, olivos y paredes de caña para evitar el daño de los vientos del desierto, gentes atareadas con atillos de hiervas, para el ganado o los conejos o los pollos. Corren los gallos y gallinas movidos al son de nuestro paso, sin cabeza ni dirección. Hay faena entre los arboles, pocos terrenos fértiles, pero aprovechados.

Giramos rumbo sur-este, adentrándonos en unas colinas que observan el paso del tiempo en su desértico gesto. No hay vida a nuestro alrededor, alguna que otra acacia en algún valle, como despistada, protegida del tórrido clima por una pequeño hilo de agua que de cuando en cuando forman las escasas lluvias que riegan esta tierra. Vamos a buen ritmo y pasamos una serie de curvas, enlazadas, sinuosas y mudas. De pronto un vestigio verdoso de la vida que no se aprecia, corre atravesando la carretera bamboleándose con sus pequeñas y cortas patas, un pequeño lagarto del desierto, un verdadero superviviente.

El sol esta empezando a mostrarnos su rigor, y Javier se detiene en el camino a beber agua y con mirada perdida otea entre las calles abiertas y desérticas de la aldea en la que estamos. Cuatro casas de adobe, calles de tierra y piedra y alguna que otra chumbera. Todo parece ser esquivo, las casas de esquinas romas son mudas observadoras de una belleza marchita, sin vida de lo que nos rodea.

Retomamos la ruta y tras unas lomas ocres, una enorme llanura, surcada de tiras se acacias, cercanas a éstas algún matorral, retamas y chumberas, el resto un enrome y silencioso cementerio y entre sus llanos una brisa queda y caliente. Pero de pronto Javier se detiene:

– Mira, Blanquita, dos gacelas negras, están una al lado de otra en dirección opuesta, como si espantaran con el rabo las moscas de la cara de su vecina. No voy a hacer una foto, están tan lejos que parecerían un punto, la verdad es que me ha costado verlas, si llego a ir más deprisa me las paso.

Sin bajarse de mis lomos, enrosca el acelerador mientras suelta suavemente el embrague y continuamos la marcha. No he podido ver las gacelas, Javier tiene mejor vista de lejos que yo, mi vista es excelente pero hasta medias distancias, a partir de aquí, nada más.

Otro lagarto, este mas grande y de un verde más intenso, se nos cruza en el camino corriendo cómicamente de lado a lado de la carretera.

 

 

 

Entramos en una zona desértica, pero aparecen palmeras y otros arboles, empezamos a ver paredes de adobe de grandes bloque de arcilla y paja, según me dice Javier, serán barreras artificiales para evitar las correntias de lluvias copiosas y las ventiscas propias de las zonas desérticas, protegiendo en su interior lo más preciado de estos paramos… la vegetación. Es una bonita combinación de arcilla, palmeras y pequeños huertos, todo parece aprovecharse, no hay mas remedio, la zona es árida y su riqueza debe mantenerse a salvo de la intemperie.

Llegamos al cruce de Rissani, Javier gira a la derecha y llegamos a una enorme rotonda, pero parece cambiar de opinión y vuelve tras sus pasos, entramos en una gasolinera, es hora de mi brebaje preferido.

Después de que ambos repostemos, Javier agua, volvemos a seguir las indicaciones del roadbook y el navegador. Entramos en carreteras con cada vez menos asfalto para terminar en un camino, después de llevar un tramo en el mismo, nos cruzamos con otro de los amigos del grupo y tras una palabras con Javier, damos media vuelta, tenemos que llegar a la gasolinera, me dice Javier, han suspendido parte del trazado.

Esperamos en vano en la gasolinera y después de un rato largo, Juan Carlos le dice a Javier que es posible que la gasolinera sea la que esta en la carretera de Merzouga, así que tomamos dirección al punto que marcan los navegadores y en el camino nos cruzamos con Fernando que había salido en nuestra busca. Llegamos a la gasolinera que servia de punto de encuentro antes de la ultima etapa del día.

Un tramo de carretera y entramos en una pista de tierra compacta y grava aislada y suelta, negra como la noche. Avanzamos a ritmo lento, tan lento que algunos nos adelantan, llenando el camino de un polvo denso y que avanza llevado por la brisa muy lentamente, mientras vuelve a posarse en el duro suelo, para volver a su eterno sueño. Jacvier pierde la vista y caemos. Sin consecuencias ni para el ni para mi, Alberto intenta ayudarnos a levantarme, pero Javier le dice que no se preocupe, que estamos bien, toma un poco de aire y “arriba”. Me hace descansar sobre la pata de cabra mientras observa si hay algún desperfecto.

 

 

 

Vuelve a subirse y seguimos la marcha, entre caminos que se cruzan, serpenteando a través de suaves colinas, avanzamos hacia unas casas, mudas, tristes y solitarias, las gentes marcharon y dejaron el vestigio de su estancia, llevándose el ruido y la risa de los niños, el bullir de los animales y de las personas, que al unisono habitaron esta colina. Atravesamos una especie de portal, y Javier toma hacia la derecha, Alberto se para en el cruce y nos observa, de pronto y como a lomos del viento, aparece una paisano con su pequeña moto, entre chapurreos de castellano, francés y árabe, nos indica el camino a seguir, era el que Alberto estaba marcando. Vamos con nuestro nuevo amigo en cabeza, atravesando las casas destruidas por la intemperie, hasta llegar a una pequeña hondonada, en la que vemos coches de la organización.

Una lengua de arena fina, surcada de rodadas, nos cierra el paso y los riders tenemos que pasar, a horcajadas algunos y los mas duchos con el apoyo en el eje trasero y dando gas de forma uniforme y moderada. Javier acomete la arena con decisión, noto su nerviosismo en las manos que agarran el manillar, me gustaría decirle que debe tener más confianza y dejarme hacer, pero mientras avanzamos empezamos un baile dramático de vaivenes frenéticos que dan con ambos en el suelo, noto como la maleta aprisiona el píe derecho de Javier, que está retorcido en desfigurada posición, anclado en la presa que la arena nos ha tendido. Intenta sacar de la prisión de la arena y la maleta el descolocado píe y mientras corren hacia nosotros los amigos de Javier, nos ayudan a ambos a levantarnos y compruebo como Javier se quita el casco y con un gesto de dolor toca su pierna. Miro su cara, mi electrónica esta desactivada y parado mi corazón, el tiempo esta detenido, no se que va a pasar,… son momentos de desolación, se que Javier es fuerte, tozudo y no dará su brazo a torcer, pero esta caída me preocupa más que la anterior de Ifran.

Javier coge el agua y se quita los guantes y la chaqueta, se acerca a una retama, cojeando y dolorido, se sienta aprovechando la humilde sombra que aquella proyecta, en un sol que cae hacia el manto de estrellas de la noche. Bebe y comenta con Borja una palabras, se le ve derrotado, parece perdida la batalla…

Borja, con las llaves de Javier en las manos, pasa el trago de la arena y me deja solitaria al otro lado de la lengua de arena, de la prisión de mi corazón metalico. Intento averiguar que está pasando y no veo a Javier, estoy muy preocupada, intranquila.

 

Han pasado unos largos minutos cuando oigo la voz de Javier, no se si alegrarme o no, no puedo verle aún, pero de pronto, aparece cojeando, con cara preocupada y con Borja a su lado. Están hablando los dos, pero observo sorprendida como Javier se cala la chaqueta, los guantes y el casco y sube a mis lomos.

– He bebido la botella entera y se la he dejado a los del STAFF para que se la lleven en el coche para tirarla. Blanquita, vamos a terminar el tramo de hoy, tengo un dolor terrible, pero no tengo más remedio que seguir a tu lado, no voy a dejarte en manos de nadie si puedo evitarlo. Este Borja es un gran personaje. Es de BMW, un trabajador, pero la verdad que es entrañable, ha estado pendiente mía y nos acompaña hasta el fin de la etapa, todo un detalle. Es un gusto hacer tantos amigos en tan breve espacio de tiempo.

Cuando escuché estas palabras no pude mas que respirar profundamente, coger aire y arrancar al ritmo de mis dos cilindros, sonaban orgullosos por llevar a Javier, atronaban entre las enormes soledades del desierto, canturreando entre explosión y explosión, dando gracias a poder seguir adelante con mi dueño, entre sus piernas, sintiendo el calor de sus muslos y la suave caricia de sus manos en las empuñaduras de mi manillar. Me gustaría decirle que es un orgullo llevarle y cargar con su agradable peso, no hay reproches, nos hay malas palabras, ni malas miradas, todo lo acepta como viene, con sus temores y miedos me hace sentir diferente, única.

Lo más sorprendente de todo es que entre nosotras surcan pequeñas motos, suenan como mosquitos molestos en las noches calurosas del verano, pero con una eficacia casi enervante, surcan las dunas, mientras nosotras con nuestros enormes cuerpos, nos movemos con torpeza por estos parajes. Es casi vergonzoso como nos adelantas entre la arena y como se mueven en las dunas, también es verdad que los conductores están todos los días por estos lugares y saben leer las dunas que parecen trampas para nosotras, en fin, me reconforta más aún las palabras de Javier, después de que los mosquitos nos hayan inyectado el veneno de la envidia, sana, pero envidia al fin y al cabo.

Llevados en volandas siguiendo la ruedas de la prima que llevaba Borja, divisamos la carpa de llegada del campamento, tiendas de campaña nos esperan en esta noche que aún esta por llegar. Volvemos a encontrar una pequeña lengua de arena y Javier, siguiendo las indicaciones de los responsables del STAFF, sortea parte de la lengua, caminando despacio por la arena, extenuado, se detiene en la parte mas densa y Borja termina de pasar los pocos metros que Javier ha desistido de hacer, muy a su pesar.

 

Campamento BMW

 

Mas tranquila, observo las gran masa de arena que forman el conjunto de dunas. Una enorme duna se bate con los vientos, manteniéndose erguida de forma orgullosa, como si hubiera llegado a dominarlos, en su falda, menudas y medianas dunas, van cortando los vientos, permitiendo que aquella se mantenga en pié, enhiesta, insolente estado de la tierra ante el viento del desierto.

Veo partir a Javier hacia las tiendas, no sin antes volver a mirarme de arriba a abajo, comprobando el estado de los frenos, manetas, espejos… el ritual de final de cada día.

Al rato, de forma queda y lastimera, Javier se acerca, vestido con ropa cómoda, según dice él, y me dice que van a hacer una . Tiene un esguince en su tobillo derecho, que no se que es, pero no suena bien, aunque Daniel y Laura le han atendido y han realizado un vendaje maravilloso, como el bálsamo de “fierabras” que tomara Don Quijote, cojeando se acerca al grupo de dromedarios tendidos en la arena. No será la ultima vez que le vea hoy, después de su paseo, vuelve con andares torpes para decirme:

– Blanquita, esta noche no duermas y mantente mirando el estrellado cielo del desierto, yo no voy a a tener mas remedio que descansar lo máximo posible, para ver si mañana podemos hacer la salida desde aquí al hotel.
Así lo hice y el manto de la noche parecía salpicado de pequeñas candelas que titilaban en la distancia del oscuro cielo que nos cubría.

 

 

Excursión en dromedario

 

Entre Dunas detrás de grupo

 

En las dunas

 

Vehículos de Staff. Desde una distancia prudencial con el grupo a camello.

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